Obvio que la retina se inclina por el mérito técnico: la reproducción impecable de la realidad a través de las más modernas técnicas de animación. El despliegue de detalles en la figura humana que llega a su mayor expresión con la escena del desnudo de Angelina Jolie, pero que también se nota en el flácido cuerpo de Antonhy Hopkins (rey Hrothgar). Y además, el despliegue tecnológico que se nota en cada una de las abrumadoras tomas del paisaje nórdico o en las escenas de batallas, cuya epitomé es la que involucra al héroe protagonista y la muerte de su hijo encarnado en un gigantesco dragón.
Pero en la memoria también quedan las convincentes actuaciones de Ray Winstone en el papel de Beowulf; el maligno y lambón Unferth de John Malkovich; y el magnánimo y fiel Wiglaf de Brendan Gleeson.
Estos tres personajes, además, conforman el eje dramático que sostiene la historia. (Bueno, en realidad de este soporte también debería ser parte la bella Robin Wright Penn, pero su papel de reina Wealthow es tan plano, que se destaca apenas por ser la pata lunanca de la mesa).
Traer al presente las viejas leyendas fundacionales de los pueblos es un elemento recurrente en la historia reciente del cine. Y sí esa máxima funciona para la sensiblera Pacahontas de Disney porque no para Beowulf, el guerrero más grande de los tiempos en que todos eran guerreros. En estos tiempos escépticos resulta refrescante una historia que nos hable del heroísmo humano puesto a prueba por figuras míticas como los dragones o transfiguradas imágenes de bellas mujeres que usan el sexo como su arma más poderosa. El éxito de Beowulf es del mismo talante que ha dado tanta notoriedad al juego de video Imperio. Y es allí justamente dónde se ubica está película: puro entretenimiento adobado con historia universal y derroche técnico. Evaluada bajo esos parámetros, la de Robert Zemeckis puede ser una de las mejores películas de 2007.
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