miércoles, 5 de diciembre de 2007

¿Por qué las moscas no van a cine?

Leído el 12 de noviembre de 2007

Desde el titulo este libro tiene dos tendencia prodigiosas, contrarias, pero complentarias. Despertar el interés del lector acerca de los misterios que esconden las cosas cotidianas; y la sencillez para explicar los intrincados teoremas matemáticos, las sofisticadas doctrinas filosóficas y los complejos modelos físicos que intentan resumir la naturaleza de este mundo, aparentemente inabarcable.
Y el libro es, en sí mismo, un intento de lo mismo. Resolver cuestiones tan prosaicas como la razón de la invención del shampoo, y porque una solución a un problema estructural del producto, desencadeno la invención de otro: el acondicionador. Y relacionar eso con la física.
O descubrir que tras la textura y el sabor de las papás fritas hay toda una ciencia, una ciencia que da plata a quienes la ejercen y sobre la cual se escriben libros.
No solo están esas pequeñas maravillas a las que nos acostumbramos. También están el carácter personal de los genios científicos que han transformado a la humanidad, sus pequeñas glorias, sus pequeñas mezquindades.
Uno de los relatos más notables, por lo vívido, por lo bien documentado, es el que Julio César Londoño hace del filosófo Emmanuel Kant. Al hombre que concibió uno de los más complejos sistemas filosóficos, un paradigma de la axiología y el autor detrás de la Paz Perpetúa, es decir, alguien con credenciales de sobra para ser un personaje rimbombate, Londoño lo sitúa en el pequeño pueblo de dónde nunca salió como un sujeto austero, simple, brillante y disciplinado.
Y así, con ese mismo tono desenfadado, pero creíble, Londoño va conduciendo al lector por los intringulis de las emulaciones científicas, las contradicciones y debilidades humanas y las maravillas de la evolución.
Es más este libro se asemeja a tomar un bachillerato acelerado, a lo largo de los breves pero profundos ensayos de Londoño, se refrescan viejos conocimientos y se adquieren otros que por incompetencia pedagógica se dejaron de aprender.

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