Leído el 15 de enero de 2008
Milan Kundera padeció en carne propia el veto social de la revolución socialista en Checoslovaquia. Su obra literaria es una reflexión sobre los efectos personales de los grandes procesos históricos que atravesó su país durante la segunda mitad del siglo XX. Entre 1948 y 1954, su país vivió la profundización de la revolución, y cómo bien lo dice en ésta, su primera novela, la vida después fue otra. Es imposible ignorar las similitudes entre la vida de Kundera y la de sus personajes centrales. En La Insoportable Levedad del Ser y aquí, en La Broma, de 1965.
Ludvik Jahn es un joven que estudia en una universidad pública de Praga, proveniente de la región de Moravia. Vive feliz el tren de los acontecimientos, hasta cuando se prenda de una mujer, vinculada como él a las juventudes socialistas. Ludvik, sin embargo, no es un militante fervoroso, y se inserta en el movimiento con ingenuidad y el rigor con el que en la adolescencia se sigue cualquier moda. Su amada, en cambio, está imbuida en el compromiso indeclinable con la causa socialista.
En medio de la conquista ella se va a un campamento y él se queda en Praga, desde dónde le envía montones de cartas de amor. En una de ellas, incluye una broma inocente. Inocente desde su lógica adolescente, pues el chistesito será la coartada del Movimiento para destruir su vida, por cuenta de la institucionalización de la pureza ideológica. Será expulsado de la universidad, del partido y envíado a trabajos forzosos para reeducarse por parte de sus propios amigos. Allí encontrará de nuevo el amor, en la forma de una temerosa joven, que devolverá la esperanza a su vida.
Ella tiene su propia historia, y también es victima de los tiempos. En su temprana juventud fue violada sistemáticamente por un grupo de pandilleros que se convirtieron en su único refugio ante el maltrato de su familia y el abandono de toda la sociedad. A través de las rejas viven un amor idílico que se rompe producto de las condiciones contradictorias de ambos frente al amor físico. El deseoso, ella traumatizada.
Esta ruptura terminará por conducir a Jahh a la soledad, a la desconfianza por el género humano, al rencor. Y tales sentimientos lo empujarán finalmente a la búsqueda de la venganza. Y la oportunidad para ejercerla se le aparece en la forma de la mujer de su verdugo, a quien conocerá por un azar de aquellos de los que se vale Kundera de tanto en tanto para demostrarnos las contradicciones del destino.
Jahn parece un hombre signado por la incapacidad para reponerse a los juegos de éste. La venganza fracasa y termina refugiándose en lo único que parece verdaderamente suyo -aunque lo haya despreciado y evadido por casi 20 años: su pueblo de orígen, la cultura popular ahora oficializada por el régimen y sus amigos en decadencia. Claro, cuando ya ha encontrado allí un impulso vital para seguir adelante, todo lo estropea un exceso de emoción. La de Ludvik Jahn es la historia de un hombre a quien no se le concedió la fortuna de la victoria. Cada intento de ganar algo -el amor de una mujer, calmar el deseo sexual, consumar una venganza cuidadosamente planeada- es otro punto para hacer su derrota vital un poco más patética, si cabe.